Diario 1 – John O´Connor- Tras la segunda gran guerra


Son años convulsos en el mundo. Berlín ha caído y la amenaza de la cruz gamada comienza a ser historia pasada, aunque las pesadillas y los estragos vividos siguen muy presentes. Ahora la amenaza de la guerra solo continúa en el territorio del sol naciente, pero ya son muchos los que tratan de volver a la normalidad.

Despertarse en una fría buhardilla, por mucho que sea tu hogar y tu oficina, no reconforta el corazón de los que han tenido la desgracia de vivir las dos grandes guerras en primera persona. El olor a burbon, los crujidos de la madera y el ruido de una ciudad que trata de recobrar la normalidad son la bienvenida a un nuevo día para John. Siguiendo viejas costumbres, arraigadas durante el tiempo de las trincheras, revisó dónde se encontraba para acto seguido buscar a tientas un manoseado paquete de cigarrillos sobre la mesilla de noche. Contemplo su hogar y la pila de casos resueltos sobre su escritorio mientras se encendía un cigarro sentado en el lateral de la cama. Dos semanas habían pasado desde que, de nuevo, se había convertido en un civil más. Dejando de lado un par de casos por infidelidades y desaparecidos, el trabajo de John O´Connor, investigador privado, era más bien una broma de mal gusto. Eran pocos los que requerían de sus servicios y menos aún los que podían pagarlos… el final de los bombardeos hacía florecer todo tipo de oficios, pero no justamente el suyo.

Con la ropa de varios días y siempre ataviado con su sombrero gris y su cigarro a medio fumar en los labios, John nunca fue de los que se lamentaba por su estrella. Con su revólver a buen recaudo en su pistolera, como si de uno de esos investigadores del cine se tratará, abrió la puerta de su oficina para buscar en la calle algo a lo que dedicar su tiempo… tal vez incluso, asuntos no muy legales.

-Buenos días señor- dos agentes vestidos de azul de pies a cabeza se cuadraron ante él nada más abrir la puerta. ¿Cuánto tiempo llevarían ahí? es lo único que pudo pensar el investigador, mientras miraba extrañado a los dos jóvenes reclutas – le traemos un mensaje del Teniente Adam – la mano del muchacho se tendió ante él con un sobre cerrado que no hizo más que aumentar el sentimiento de extrañeza de John ante la situación.
-Gracias…- recogió el sobre con dejadez sin perder detalle de ambos muchachos.
-Que tenga un buen día señor- de nuevo los dos jóvenes se cuadraron. “Tal vez saben cuál era mi rango en el ejército…” John les devolvió el saludo, cerrando la puerta tras de sí, mientras ambos agentes abandonaban el rellano.

“Tal vez un caso jugoso”, la mente de John comenzó a plantearse por qué el teniente de Scotland Yard mandaría a dos agentes para hacerle llegar un mensaje “u otro caso de infidelidad entre nobles…” la mera idea de que se tratase de otro asunto amoroso entre ricachones le revolvía el estomago. Rasgo el sobre con el dedo y acercándose a la única ventana de su hogar y leyó atentamente su contenido.

“John, necesito de tus servicios para un caso delicado.
Acércate a mi oficina lo antes posible para hablar sobre los detalles.
Atentamente: Adam Willson”

Una larga calada a un cigarro húmedo le permitió observar una ciudad en ruinas a través del envejecido cristal de su ventana. “Bueno, un trabajo es un trabajo”

La ciudad había visto días mejores. Por supuesto, a pesar del optimismo del pueblo Británico y de las palabras de aliento de su luz en la noche, Churchill, no solo la gente de bien saldría adelante. John no tenía más que mirar alrededor para ver viejas actitudes y antiguos males. Puede que muchos se centrasen en la reconstrucción y el futuro, pero el hambre se veía en la cara de muchos, los desplazados acampaban en jardines y parques siendo ignorados, en el mejor de los casos, por aquellos que pasaban cerca de sus chabolas para seguir con su “normalidad”. Era cuestión de tiempo que la enfermedad campará a sus anchas por las calle y que al llegar la noche, los no tan honrados tratarán de tomar lo que no era suyo, por cualquier medio.

Scotland Yard había sobrevivido mejor que otros edificios de la zona. Algún techo se había venido abajo y en uno de sus jardines, varios soldados se afanaban en retirar, con mero cuidado y bastante temor, una bomba que no había explotado durante los bombardeos. Los agentes del lugar no depararon en Jhon, no demasiado al menos, al fin y al cabo, no destacaba entre todos ellos. Sin dilación atravesó los pasillos del edificio y subió algunos pisos hasta llegar al despacho del teniente Adam Willson.

-Pasa John- nada más verlo, Adam abandonó su periódico y rebusco entre sus cajones hasta sacar una carpeta- cierra la puerta.
-¿Qué tienes para mí?- no es que John no se alegrará de verlo, simplemente prefería ir al grano y salir de dudas sobre el caso.
Adam le ofreció un cigarro de un paquete blanco con una bandera americana en su dorso- Es un tema delicado. Justo por eso pensé en ti- John no se negó a coger un cigarro y no tardo ni un segundo en encendérselo, pero no pudo evitar darse cuenta de dónde provenía el paquete. Los había visto mil veces durante sus últimos días en la guerra, acompañado de chocolate, panfletos y otros “regalos” que el ejército americano lanzaba desde sus bombardeos sobre Francia- ¿Tan mal van las cosas que ahora fumas esto?- una sonrisa burlona se dibujó en el rostro del investigador.
-¿Sabes lo difícil qué es conseguir tabaco de pipa en éstos días?- Adam guardo el paquete y le tendió la carpeta que John recogió con prudencia
-No será otro caso de cuernos entre nobles, ¿Verdad?
-Lady Abigail- el tono de Adam remarco el titulo de la mujer – es una de las beneficiarias de la policía de Londres – mientras hablaba, con manos y ojos expertos, John revisaba el contenido de la carpeta, escueto, tal vez demasiado escueto – Me ha solicitado formalmente, como verás en la carta escrita por su puño y letra, el envío de un agente del orden con cierta soltura a la hora de tratar con todo tipo de problemas. Dado que ahora mismo no cuento con ningún hombre oficial y… bueno, tus habilidades, pensé que eras el más idóneo
-Por lo que veo, solo cuento con una dirección, una carta de ésta “lady” y nada de información sobre lo que hay que hacer.
-Extraoficialmente, a pesar de pedir un agente oficial, pagará gustosamente el salario del investigador y una suma para el departamento. Ambos ganamos, aunque se trate de otro asunto de cama…- La mirada del teniente buscaba la complicidad en los ojos de su “as en la manga”.
-De acuerdo- como ya se había repetido una y otra vez esa mañana, un trabajo es un trabajo…- lo haré.
-¡Ese es mi chico! Sabía que podía contar contigo. No quería ni pensar en enviar a otro irlandés de puños largos y gaznate pestilente para tratar con un asunto delicado como éste.
-¿Cuándo salgo?
-Te conseguiré un pasaje en una dirigencia hacía Manchester hoy mismo. Esta tarde- la mirada de John exigía una explicación – sabes que las carreteras están fatal en éstos días, solo los vehículos militares se mueven y no me hagas hablar del ferrocarril… – le tendió un papel garabateado en pocos segundos donde rezaba el nombre de la compañía de transporte “Robson Owell”
-De acuerdo, solucionaré algunas cosas por la ciudad y está tarde cogeré ese carro.
-Haz el favor de buscar una oficina de telegramas cuando llegues, el correo es un autentico despropósito y quiero estar al día de lo que suceda- John no tardó en incorporarse y recoger los pocos datos que tenía sobre el trabajo dentro de la carpeta.
-Gracias muchacho, no te arrepentirás.
John se giró justo antes de salir de la oficina- Adam, si sale algún caso… interesante, acuérdate de mí.
-¿Acaso lo dudas?- una sonrisa recorrió su cara de lado a lado- acaba con esa “Lady” y regresa cuanto antes, está ciudad necesita una limpieza… y de las grandes.

El carro saldría en solo unas horas. John recorría la ciudad sin mirar a su alrededor, tratando de adelantarse a los acontecimientos, a la naturaleza del que sería su nuevo trabajo. Conseguir que su casera, la señora Luisa se encargase de su oficia y residencia fue sencillo. Recogió todo lo que le sería útil, que por otro lado, cabía en una simple maleta de mano. El siguiente lugar de su itinerario pasaba por el centro de la ciudad, donde el ejército y algunos civiles se ocupaban de restablecer la corriente en la misma.

-¡¿Tienes un momento electricista?!- grito a un muchacho en lo alto de una escalera.
-Parece que mi viejo hermano tiene algo de tiempo para su hermano pequeño- contestó al tiempo que se bajaba de la escalera el mismo. El abrazo entre los dos hombres hizo florecer una sonrisa en ambos- ¿Cómo estas Brandom? ¿Qué tal tu trabajo?
-Todo bien hermano, es un buen trabajo y justamente, en ésta ciudad, lo que no falta es trabajo.
-Y problemas…- John lo miró seriamente, como esperando que confesase que necesitaba ayuda.
-Tu siempre tan positivo- la mirada del muchacho bajó hasta la maleta de su hermano mayor – ¿Te vas?
-Si, un caso, en Manchester – John sacó su libreta, la que siempre usaba para sus casos y le escribió la dirección en la que encontrarlo- si pasa cualquier cosa, mándame un telegrama.
-Será bueno saber cómo dar contigo por una vez…
-¿Necesitas dinero?
-No- contesto sonriente y seguro Brandom- este trabajo es humilde, pero me da para vivir de sobra.

Ambos hermanos se enredaron en conversaciones comunes, en bromas sencillas y se despidieron con un abrazo sincero. Ya no había más que hacer ni tiempo para ello, un carro esperaba a John en el otro lado de la vieja ciudad de Londres.

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