Diario 2 – Pamela Rose – Tras la segunda gran guerra

El fin de la guerra

El fin de la pesadilla

De los bombardeos

De los secretos

Del miedo y la duda

¿Pero cómo dejar todo atrás?

Pamela despertó entre las suaves sabanas de la cama que había sido suya desde que no era más que una chiquilla. Un sentimiento de extrañeza la inundó por completo… hacía casi cuatro años que no dormía en el hogar de su familia en Knightsbridge. Más de cuatro largos años en los que ni un día había sido la heredera de Lord Rose, la dama de Knightbridge. Sus preocupaciones eran ahora muy diferentes de las que habían sido solo unos meses atrás. Remoloneó durante algunos minutos, sintiéndose segura, aunque con los ecos de todo lo vivido, recuerdos que aún lograban estremecer su ser.

Tratando de volver a la normalidad, agarrando con uñas y dientes un nuevo futuro lejos de la guerra, se dejó llevar por la rutina de una mujer de su clase. Se levantó de la cama y rebuscó en su armario uno de los modelitos que atesoraba como los tesoros que eran. Las grandes firmas parisinas y alemanas, de antes de la guerra la miraban a los ojos mientras los colaba sobre su cuerpo desnudo ante el espejo de su enorme habitación.

Bajó a desayunar con su madre, Lady Rose, quien como buena señora de su casa, se dedicaba abnegadamente a organizar al servicio sobre qué hacer y cómo hacerlo.
-Buenos días cielo – la sonrisa de la mujer fue una caricia para la joven que veía la normalidad y la rutina en el rostro de su querida madre.
-Buenos días mama- un beso en la mejilla reconforto a ambas mujeres al instante. Acto seguido la muchacha deparó en la presencia de Alfred, el mayordomo y amo de llaves de la casa- Buenos días Alfred.
-Buenos días señorita Pamela- el gesto del hombre era recio e impenetrable como de costumbre.
-Desayunemos y ponme al tanto de tus planes hija- Ambas mujeres se sentaron en la gran mesa de la cocina mientras el servicio se ocupaba de ofrecerles un desayuno típico inglés a pesar de las dificultades para conseguir los elementos más básicos.
-¿Papa?- preguntó Pamela al no verlo, junto a su periódico, en su lugar de la mesa como cada mañana.
El suspiro de la madre adelantó que no se encontraba en la casa. Una vez más, seguramente, estaría en alguna reunión de negocios o sacando adelante sus asuntos políticos- Tu padre ha salido temprano. Tenía que reunirse con otros viejos adinerados y preocupados por el futuro del país y de sus carteras- ambas mujeres se rieron ante la imagen del brusco hombre, en las cámaras de comercio y los desayunos repletos de protocolos.

-Ha llegado el correo- informó Alfred mientras el muchacho encargado de recogerlo de la oficina se lo entregaba. Dirigentemente dividió con habilidad las cartas de la casa, del padre, de la madre y el telegrama llegado para Pamela. La mirada de la madre se llenó de intriga cuando el mayordomo le hizo entrega de éste último a la muchacha.
-¿Un telegrama querida?
-Si- respondió absorta, pues no esperaba correspondencia alguna y mucho menos un telegrama. Sus ojos leyeron con velocidad las pocas líneas que éste contenía.

“Saludos Pamela. Gustaríais de reuniros conmigo en mi finca de Manchester.
Espero vuestra respuesta lo antes posible”
El nombre que constaba, era más que familiar para la joven, Alan Turing.

-Es de un amigo- añadió a la espera de su madre que no trato de esconder su sorpresa ni por un segundo.
-¿Un hombre?- una mirada picará sugirió miles de posibilidades.
-Mama, es solo un amigo
-Amigo… así lo llamas ahora. Y ¿Qué es lo que quiere ese amigo tuyo?
-Me invita a pasar unos días con él en su casa de Manchester- Pamela leía y releía una y otra vez el escueto telegrama.
-Me parece una idea adorable- como ignorar el interés de una madre, ante la posibilidad de casar por fin a su única hija- la ciudad necesita tiempo para sanar y seguro que un alma inquieta como la tuya se meterá en problemas de quedarse aquí encerrada.
La sonrisa de Pamela al darse cuenta de los obvios objetivos de su madre, alegró a ambas mujeres.
-Pues si- añadió decidida Pamela- me vendría muy bien salir de la ciudad, visitar la campiña y ver cómo le van las cosas a Alan.
-Así que su nombre es Alan…- añadió con tono pícaro mientras observaba a su hija.
-¡Mama!- las risas envolvieron a las dos mujeres mientras terminaban su desayuno. Los planes, posibilidades y detalles sobre el susodicho fueron todo lo que necesitaban las dos mujeres. Un momento, un simple desayuno alejado del pasado. Un momento entre una madre y una hija.

 

-Alfred- Pamela lo abordó en uno de los pasillos de la casa- necesito que me ayudes…
-Ya he dado orden de que le ayuden con sus maletas y he buscado cómo podría llegar hasta Manchester – Pamela se sorprendió, su viejo amigo no había perdido ni un ápice de habilidad con la edad – Hay una diligencia esta misma tarde. Permítame recomendarle dejarle una carta a su padre, que no volverá hasta la noche, con los motivos de su viaje.
-Si, ahora mismo lo haré- aunque el recio rostro del mayordomo se mantuvo impasible, la sonrisa de Pamela alegró su viejo corazón.

Con la maleta preparada y sus ideas revolucionadas ante su primer viaje por placer en más de cinco años, la muchacha le dejo por escrito una carta a su padre en la que detallaba los motivos de su viaje y su tristeza por no poder despedirse de él en persona. Con el mismo sentimiento se despidió de su yegua, su madre y el servicio de la casa. Con Alfred como ayudante y escolta, ambos se dirigieron hacía la oficina de telégrafos para enviar una respuesta afirmativa a la invitación de su viejo conocido. Sin dilación y con la sombra alta y perfilada que era Alfred siempre dos pasos tras ella, llegaron hasta la compañía Robson Owell, donde la diligencia les aguardaba, preparada para partir.

-Señorita- intercedió Alfred antes de entrar en la oficina- me he tomado la libertad de reservar todos los asientos del vehículo, para que su viaje fuera lo más agradable posible.
-Muchas gracias Alfred, siempre estás en todo.
-Aunque por desgracia, ya había un asiento reservado que la compañía no podía “liberar”.
-No te preocupes, al menos así tendré entretenimiento durante el viaje- la mirada de desaprobación del ayudante surgió con prontitud y peso mientras la joven entraba en la oficina.

Tras un destartalado mostrador de madera oscura, un hombre de aspecto abandonado miró fijamente a la atractiva joven que entraba acompañada por un distinguido señor, más ataviado como enterrador que como mayordomo.
-Buenas tardes señorita- la voz gangosa y un claro acento agreste sorprendió a ambos.
-Buenas tardes señor, tengo un pasaje para viajar hasta Manchester.
-¿Si?- revisó por un momento un viejo libro de notas- es usted Pamela Rose ¿Verdad?- una carcajada solitaria se escapó de la boca desdentada del hombre- parece que tiene usted cinco pasajes…
-La misma- su mejor sonrisa apareció en ese momento, incomodando al sencillo trabajador.
-Muy bien señorita Rose, serán seis libras.
La mano de la muchacha dejó sobre el mostrador siete y continuando con su juego, preguntando con voz amable y mirada relajada- Y si se puede saber, mi buen señor ¿Quién es el que me acompañará durante el trayecto?
Por un momento sencillo individuo pensó en la repercusión de hablar más de la cuenta, pero ¿Cómo decir que no a alguien como ella y a su cartera?- mire usted señorita, solo sé que es un hombre de Scotland Yard… un agente.
De nuevo la mirada de Alfred se endureció tanto como el tono de su voz- siempre podría coger otro medio de transporte u otro carro más adelante señorita Rose.
-Alfred…- le contestó despreocupada- será interesante viajar con un servidor de nuestro país como un agente de Scotland Yard.
-Permítame señorita- el hombre esquivó como pudo el mostrador para recoger el equipaje de la amable señorita y acompañar a ambos al exterior – Él será el conductor- mencionó señalando a un muchacho joven que alzo su sombrero a modo de saludo al tiempo que mostraba su mejor sonrisa -Señorita, en el arcón trasero llevo mantas, algo de comida y bebida, si puedo hacer algo por usted, David es mi nombre.
Pamela se limito a sonreír con amabilidad al joven mientras observaba como el otro individuo cargaba su enorme maleta con poca habilidad en el techo del vehículo.
-Señorita Rose, insisto- Alfred mostro una vez más su negativa- está segura de que es una buena idea viajar con un individuo como ese….
-Alfred, ¿con quién estaré más segura que con un servidor de la ley?

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